Tras la “carta de presentación” que antecede, el “discurso de investidura” algo retórico, infladito de mensajes obvios, algo ambiguo y quizá un poco peña, me introduzco en la cámara de música para aclarar con un poco más de detenimiento algunas ideas básicas expuestas en él, y tratar de establecer lo más asépticamente posible, una declaración de intenciones

Aportar “un poco más”

La mayoría de las ideas expuestas son medio buenas. Y es que partiendo del texto inicial puedo dar rienda suelta en esta cámara, nuestra cámara de música, a lo que pretendo sea mi colaboración en esta deliciosa web “Pîu mosso”: aportar “un poco más”, distintamente del análisis concienzudo y meticuloso de las obras musicales, subrayando en pequeños detalles, los aspectos más “intuitivos” de la música, destacar sus “habilidades sociales” desde humildes detalles, desentrañar el espíritu con que se presenta partiendo de fragmentos casi insignificantes, y hacer conjeturas atrevidas para el deleite y la discusión del “curioso lector” lejos del discurso academicista o teórico-musical.

Por ejemplo, dar expansión a lo que en general tildé de “fenómeno” en el “billetito obertura”. Porque cuando una obra musical tiene que manifestarse (la esencia del fenómeno), debe hacerlo siempre desde la nada del silencio. Nunca “está ahí”, lector animoso, sino que desde el principio hasta su final “está siendo”; y este “está siendo”, en el momento que “lo es”, “está ahí”. ¡Qué bueno! ¡Y además, mientras “está ahí” es capaz de remover tus sentimientos!

Una muestra

Veamos… ¡…! La elegancia frente al desaliño; lo selecto frente a lo vulgar… o todo lo anterior al borde una cosa de la otra; cómo la elegancia puede estar a punto de caer en desaliño, o lo selecto en lo vulgar, o como estos conceptos no deseados hacen lo posible por no aparecer en la bella música, bien mediante recursos propios o tan solo por el hecho de “hablar” extemporáneamente.

Escuchemos esto…

Podríamos colocarla en el campo semántico de la elegancia. Está incluso en Mi menor, la tonalidad junto con Re mayor que es elegante por naturaleza. Es un arranque directo, la orquesta crea un ambiente plácido marcando levemente el ritmo con bates de timbal y pizzicatos en los graves de la cuerda, y el arranque exhibe un discurso lúcido, fluido y evocador, como un aire de romanza.

Pero… si te has dado cuenta, chirrían las constantes salidas de tono del violín. ¿No te parece demasiado pronto para andar interrumpiendo la elegante melodía para exhibir el virtuosismo de manera tan desconsiderada?

Y no lo hace solo una vez. Cada vez que aparece el violín pretendiendo imponerse parece que la voz de la orquesta intenta acallarlo e imponerse. No obstante, el impaciente violín …

Una y otra vez la orquesta intenta poner al solista en su sitio. Pero no hay manera. En su contumacia, parece que intente buscar otro camino por donde exhibirse tempranamente fingiendo que quiere hablar por su cuenta, y la orquesta interviene al fin llamándole al orden atrayéndolo a la elegante canción del principio y posponer los virtuosismos para cuando toque.

Lo intenta con dobles cuerdas hasta el gañido, con la censura orquestal

Un último intento escalando tresillos en variolaje, como si sirviera de algo

Y ya la orquesta le abronca en bloque reprimiendo esta salida de tono y desarrollando al completo la melodía, hasta conseguir finalmente apaciguar al osado instrumento que ha estado a punto de descomponer la elegancia de la pieza con su divismo extemporáneo. El violín cede y se acopla al conjunto orquestal y da el trazo final a la sección colaborando con la orquesta al enlace del segmento, brillando cuando le toca y a la manera inicial, con lucidez, elegancia, equilibrio, fluidez y … sin escándalos.

Y si ahora pasamos al desaliño, ¿qué te parece esta stretta?

La orquesta parece descomponerse hasta no saber si su pretensión es correr, parar, saturar o fundir al oyente. Las maderas se adelantan en las escalas, los platillos machacan como locos, los metales braman en medio de un discurso en el que las cuerdas no saben si subir o bajar, creando oleajes brutales y dejando sin colchón a trombones y sin fondo a bombos y timbales. A todo esto se añade un ritmo cada vez más frenético que parece llevar a la música a un caos desbocado sin control y sin final. Sin embargo, curiosamente entra en juego el ritmo, y no frena lo irrefrenable sino que como si antes de infartar se saltara un bateo, introduce una síncopa maravillosa que restaura el desaliño y consigue unificar a toda la orquesta en estampida hacia un final capaz de romper yunques, pero al unísono de manera emocionante. No hay silencio posterior sino una sensación de jadeo, como de haber corrido a doscientos por hora subido a un camión sin frenos que de pronto para en seco. Si quieres comprobarlo, escucha de nuevo y te apuesto a que encuentras la síncopa a la primera.

En cuanto a lo selecto…

Nadie podría atacar el carácter exquisito de la melodía, la armonía, disposición de las frases y la estructura de esta breve y archiconocida exposición; y sin embargo, no deja de asombrarnos ese ritmo de cabalgada constante que da la sensación de que la música viaja a caballo, que el caballo se detiene y que piafa cabeceando para proseguir en su cabalgada. Resulta inquietante este ritmo un tanto pedestre que parece rebajar lo selecto de la pieza; no obstante, resulta que es realmente este ritmo de cabalgada lo que más nos atrae de ella y lo que en su conjunto le confiere unidad y exquisitez. No querríamos bajarnos de este caballo nunca ¿verdad?

Finalmente, sobre la vulgaridad, desde Hanslicht hasta incluso Thomas Mann, han tildado de vulgar el siguiente fragmento

Con todos los respetos, así expuesta aislada del contexto que la rodea, una extraordinaria chacona a lo romántico, a mí no me parece vulgar en absoluto. Cuando la escuchamos en el lugar correspondiente, entre las variaciones que Beethoven colocó en el cuarto de la Heróica, podemos entender que la vulgaridad con que se tilda a este fragmento quizá provenga no del hecho intrínseco de su naturaleza musical, sino de su extemporaneidad. Podríamos decir que Beethoven anduvo algo vulgar al colocar esta píldora pro romántica en un cuerpo musical estructuralmente de la vieja escuela.

El tema sobre el que se suceden las variaciones pertenece a un ballet anterior del propio Beethoven, “Las criaturas de Prometeo”. Fue enchufado en esta obra para pasar a la posteridad por “hacerle la pelota” al jefe. Prometeo, el titán que robó el fuego de los dioses… para entregarlo a las criaturitas convertidas en seres humanos, proporcionándoles así la oportunidad de acercarse a las estrellas… Prometeo paradigma del ímpetu indómito tan grato al genio romántico…

Quizá a su figura vulgar, rudimentaria, trágica y desabrida, símbolo del castigo de la tortura infinita, esté dedicada “la vulgar” modulación, porque la variación correspondiente, la que la antecede se inicia con las cuerdas en tonalidad menor pero con un insólito solo de flauta, nada vulgar por cierto, que vuela sobre una brisa de violines, y que probablemente, como ya dije, por lo extemporáneo de su aparición, acentúe por contraste el talante pesante asociado al aspecto torturado del titán.

Con ejemplos como estos y también con cierta desenvoltura en la redacción, tratando de mostrar de manera intuitiva el fenómeno de la música tal como me parece, nada menos, procuraré ir desvelando en lo sucesivo con buena fe y siempre con respeto a cualquier opinión fundamentada, lector, el carácter un poco críptico de melodías que asaltan nuestro cotidiano vivir, que se nos meten entre las orejas y no dejan de zumbarnos hasta que acabamos soltando por la boca (instrumento de viento-cuerda) algunos compases imitativos y un “Me gusta. ¿qué es?”

Pues la Música, criatura de Prometeo, la Música.


Primer movimiento del Concierto para violín y orquesta de Mendelssohn, en Mi menor Op. 64.

Puede seguirse en la particella la escritura luminosa, fluida, equilibrada, sobria, en definitiva elegante de Don Felix. El contraste con la versión que ofrezco en los ejemplos se ve en que los acordes de paso a cadenza (las broncas de la orquesta al violín) están muy atenuados, lo que hace que la solista parezca ir a rastras, como encadenada a la orquesta. Es que Paavo Jarvi, aparte de no caracterizarse precisamente por su elegancia en la dirección, disfruta atando a los solistas al discurso orquestal, defecto común en los directores “divos”.

A Hilary Hanh la aclaman como la nueva Mütter. Yo, sinceramente, creo que para eso, si llega, aún queda mucho. Este concierto es muy puñetero. Tiene todas las dificultades que un violinista tiene que sortear; pero a diferencia de otros, estas dificultades no están destacadas sino que están incluidas formando parte de la trama musical. Resulta más difícil sortearlas porque requiere musicalidad y calidad tímbrica hasta en las transiciones. Hilary exhibe una pericia increíble, pero le falta ese plus de expresividad que exige la pieza y que aún no ha sabido conseguir, al menos en esta obra.

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